México ha alcanzado un hito significativo en sus exportaciones, registrando en marzo un total de 70 mil 727 millones de dólares, lo que representa un crecimiento del 27.7% en comparación con el año anterior. Este superávit comercial de 5 mil 932 millones de dólares marca un récord sin precedentes para el país. Sin embargo, al analizar las cifras desestacionalizadas, el crecimiento mensual fue de 8.52%, un dato positivo, aunque menos impactante que el crecimiento anual.

Lo que resulta más interesante no es solo el volumen de las exportaciones, sino su composición. A pesar de que el sector automotriz, tradicionalmente uno de los pilares de las exportaciones mexicanas, apenas creció un 2%, las manufacturas no automotrices experimentaron un notable aumento del 43.7%. Este crecimiento fue liderado por sectores como la minerometalurgia, que creció un 61.8%, seguido de equipos eléctricos y electrónicos con un 17.8%, y alimentos, bebidas y tabaco con un 14.4%. Este cambio en la composición de las exportaciones indica que México está capturando una parte significativa de la reasignación de pedidos industriales que Estados Unidos está realizando.

El contexto de esta situación es crucial. Las exportaciones no petroleras a Estados Unidos, excluyendo el sector automotriz, aumentaron un 43.9%, lo que sugiere que el dinamismo de la economía mexicana es principalmente manufacturero. Este crecimiento se ha dado a pesar de un desplome en el sector petrolero, donde el crudo cayó un 20.4% y el volumen de producción se redujo drásticamente de 827 mil a 495 mil barriles diarios. Esto refuerza la idea de que el crecimiento de México está más relacionado con la capacidad instalada en manufactura que con la producción de petróleo.

Las implicancias para los inversores son claras. La capacidad de México para atraer pedidos industriales de Estados Unidos se debe a factores logísticos y arancelarios. La compra de bienes en México permite a las empresas estadounidenses reducir tiempos de entrega y exposición a reglas comerciales volátiles. Además, el nuevo entorno arancelario ha hecho que cumplir con el T-MEC sea más valioso, ya que la Casa Blanca ha impuesto una sobretasa temporal del 10% a las importaciones, excluyendo a los bienes que cumplen con el acuerdo. Esto significa que, aunque ciertos sectores como el automotriz enfrentan desafíos, otros sectores están en una posición favorable para beneficiarse de esta dinámica.

Mirando hacia el futuro, Banxico ha señalado que los beneficios de la relocalización y el nearshoring se materializarán entre 2026 y 2030. Marzo podría ser un indicativo temprano de esta fase, donde el enfoque está en la operación intensiva de la capacidad existente en lugar de nuevas inversiones. Sin embargo, es importante mantener la cautela, ya que parte del aumento en las exportaciones podría ser una anticipación de cambios arancelarios o acumulación de inventarios. Además, los desafíos internos como la lentitud en las aduanas, la inseguridad logística y la incertidumbre regulatoria siguen siendo obstáculos que deben ser superados para consolidar este crecimiento.