Desde 1930, la Copa del Mundo ha visto a más de 80 países competir en 22 ediciones, pero solo ocho han logrado levantar el trofeo. Este fenómeno ha llevado a economistas y aficionados a preguntarse por qué un número tan reducido de naciones domina un deporte tan universal como el fútbol. Un análisis del semanario The Economist, utilizando un modelo basado en las calificaciones Elo, revela que factores como la riqueza, la población, la estatura y la geografía explican cerca del 70% de la variación en el rendimiento de las selecciones. Este modelo se asemeja al utilizado por la FIFA para clasificar a los equipos, y sugiere que la riqueza permite financiar entrenadores y formación juvenil, mientras que una mayor población amplía el caudal de talento disponible.

Sin embargo, no todos los países ricos logran el mismo éxito en el fútbol. Estados Unidos, a pesar de su gran riqueza, ha visto que su inversión en deportes se destina a otras disciplinas, mientras que las petromonarquías del Golfo, a pesar de su abundancia de recursos, no han logrado destacar en el Mundial. La geografía y la cultura deportiva son variables que escapan al control gubernamental y que juegan un papel crucial en el éxito futbolístico. Por ejemplo, las selecciones sudamericanas tienen un promedio de 640 puntos Elo más que las asiáticas, lo que se traduce en una tasa de victoria superior al 90% en sus enfrentamientos directos.

La trayectoria histórica también es un factor determinante. Cuatro de cada cinco países que estaban en el cuartil superior de la tabla Elo en 1976 siguen manteniendo su posición en la actualidad. Esto es similar a lo que ocurre en el crecimiento económico, donde las naciones que se industrializaron temprano acumulan ventajas que se refuerzan con el tiempo. Sin embargo, hay ejemplos de países que han logrado cambiar su destino a través de la inversión en capital humano, como Japón, que ha implementado un plan a largo plazo para desarrollar su liga y academias, lo que les ha permitido competir a un alto nivel en los últimos años.

Por otro lado, la importación de talento ha demostrado ser una estrategia efectiva para algunos países. Senegal, por ejemplo, ha escalado en el fútbol mundial gracias a su diáspora formada en academias europeas, y más del 60% de sus convocados son hijos de migrantes. Curazao y Cabo Verde también han llegado a este Mundial con una alta proporción de jugadores nacidos en el extranjero, lo que refleja una tendencia creciente en el fútbol global. Este fenómeno se ha evidenciado en el reciente Mundial de Qatar, donde Marruecos se convirtió en el primer semifinalista africano, con una significativa parte de su plantilla nacida fuera del país.

De cara al Mundial de 2026, los modelos predictivos sugieren que España es la favorita con un 16.1% de probabilidad de ganar, seguida de Francia con un 13% y Argentina con poco más del 10%. Los anfitriones, Estados Unidos y México, se encuentran en la parte baja de las proyecciones, con probabilidades de 1.2% y 1.0% respectivamente. Los primeros resultados del torneo han comenzado a confirmar estas proyecciones, aunque también han surgido sorpresas, como el empate de España con Cabo Verde, un equipo que representa la tesis migratoria. A medida que avanza el torneo, será interesante observar cómo se desarrollan los partidos y si los equipos considerados como 'caballos negros', como Japón y Marruecos, logran seguir sorprendiendo.

En conclusión, el Mundial no solo es un espectáculo deportivo, sino también un reflejo de las dinámicas económicas y sociales de los países. La localía puede dar un impulso inicial, pero los factores estructurales como la inversión en talento y la historia futbolística son determinantes para el éxito a largo plazo. Para los inversores, este análisis puede ofrecer una perspectiva sobre cómo las dinámicas de riqueza y población influyen en el rendimiento de las selecciones, lo que podría tener implicaciones en el mercado deportivo y en las inversiones relacionadas con el fútbol en el futuro.