La inflación de abril en Argentina se ubicó en 2,6%, un dato que, según Gustavo Campos de PwC, podría ser el que se mantenga en los próximos meses. Este nivel de inflación, aunque más bajo que en años anteriores, plantea un dilema: para lograr una reducción más significativa, podría ser necesario resignar actividad económica. Campos advierte que perforar el piso del 2% es posible, pero a costa de una contracción en la actividad productiva, lo que podría tener efectos adversos en el empleo y el consumo.

Los factores que impulsan la inflación en el país son diversos. Campos menciona la inercia de inflaciones pasadas y la acumulación de un 32% a 33% anual, que, aunque parece un avance respecto a los niveles extremos de hace dos años, sigue siendo preocupante. La intervención del tipo de cambio y el aumento en los precios de los combustibles son otros elementos que mantienen la inflación en niveles elevados. Aunque se ha visto una desaceleración en los precios de los alimentos, el impacto de los servicios en la inflación no parece tener mucho margen para corrección inmediata.

En cuanto al tipo de cambio, Campos señala que no se encuentra en equilibrio, ya que el mercado cambiario está intervenido por el Gobierno. Esta intervención, aunque busca estabilizar el tipo de cambio, puede generar tensiones en el futuro, especialmente a medida que se acerquen las elecciones presidenciales de 2027. La falta de un tipo de cambio libre podría limitar la capacidad del Gobierno para manejar las reservas y enfrentar posibles crisis cambiarias.

La actividad económica en Argentina muestra una gran disparidad entre regiones. Mientras que el conurbano y la provincia de Buenos Aires enfrentan desafíos significativos, el interior del país, especialmente regiones como Neuquén, se benefician de sectores como el agro y la minería. Campos destaca que las economías regionales tienen más expectativas de mejora que el sector industrial bonaerense, lo que sugiere que la recuperación económica podría ser desigual y dependerá de la capacidad de las regiones para adaptarse a nuevas realidades económicas.

Finalmente, Campos enfatiza la necesidad de una planificación estatal para la reconversión productiva, que podría implicar cambios significativos en la vida de muchas familias. Esta reconversión no solo es necesaria para adaptarse a un nuevo contexto económico, sino que también requiere un enfoque coordinado entre las distintas provincias y el Gobierno nacional. Sin un plan claro, el proceso podría ser desordenado y generar más incertidumbre en el mercado laboral y en la economía en general.