A medida que se acerca el Mundial 2026, la atención mundial se centra en las selecciones que participarán en el torneo. Sin embargo, no todas las naciones llegan a este evento en igualdad de condiciones. Haití y la República Democrática del Congo (RDC) son dos ejemplos de países que enfrentan crisis humanitarias severas, lo que plantea interrogantes sobre el verdadero costo del deporte en contextos de conflicto y sufrimiento. En Haití, la situación es alarmante: desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021, la violencia armada ha aumentado drásticamente, dejando a la población atrapada entre enfrentamientos y un sistema de salud colapsado. Más del 60% de las instalaciones sanitarias en Puerto Príncipe están cerradas, y solo un hospital público permanece operativo, desbordado por la demanda de atención médica. En este contexto, Haití se prepara para su primer Mundial en 52 años, lo que resalta la desconexión entre el evento deportivo y la realidad de sus ciudadanos.

Por otro lado, la República Democrática del Congo enfrenta un panorama igualmente desolador. Con más de 7 millones de personas desplazadas debido a la violencia entre grupos armados y fuerzas estatales, la inestabilidad ha llevado a una crisis humanitaria que se agrava con brotes recurrentes de enfermedades, como el Ébola. Médicos Sin Fronteras (MSF) ha intensificado sus esfuerzos en la región, realizando miles de consultas médicas y campañas de vacunación. A pesar de estos desafíos, la RDC también se prepara para participar en su primer Mundial en 50 años, lo que plantea la pregunta sobre cómo el deporte puede ser un vehículo para visibilizar las crisis que enfrentan estos países.

Marruecos, que fue noticia en 2022 por su destacada actuación en el Mundial, también enfrenta tensiones internas. A pesar de haber asegurado la sede del Mundial 2030 junto a España y Portugal, el país ha visto un aumento en las protestas de la juventud, que clama por mejoras en salud y educación en lugar de inversiones en infraestructura deportiva. El desempleo juvenil alcanza el 29%, lo que ha llevado a la “Generación Z” a manifestarse bajo el lema “No queremos el Mundial, queremos sanidad”. Este descontento social se suma a un contexto de creciente represión estatal, lo que podría afectar la estabilidad política y económica del país en el futuro.

Desde una perspectiva financiera, la crisis en Haití y la RDC podría tener repercusiones en los mercados de inversión, especialmente en sectores relacionados con la ayuda humanitaria y la salud. Las empresas que operan en estos ámbitos podrían ver un aumento en la demanda de sus servicios, lo que podría traducirse en oportunidades de inversión. Además, la atención internacional hacia estos países durante el Mundial podría abrir puertas para iniciativas de desarrollo y cooperación que beneficien a la población local.

A medida que se acerca el Mundial, es crucial monitorear cómo estos eventos deportivos pueden influir en la percepción global de las crisis humanitarias. La participación de Haití y la RDC en el torneo podría generar un mayor interés en la situación de estos países, lo que podría llevar a un aumento en la asistencia humanitaria y la inversión en infraestructura. Sin embargo, también es importante observar cómo las tensiones internas en Marruecos podrían afectar su estabilidad política y económica en el futuro cercano, especialmente con las elecciones programadas para 2027 y el impacto de las protestas sociales en la agenda gubernamental.