El Índice de Confianza Empresarial en México, publicado por el INEGI, mostró una ligera caída en mayo, alcanzando 48.2 puntos, lo que indica que la confianza se mantiene por debajo del umbral de 50, que separa el optimismo del pesimismo. Esta cifra es preocupante, ya que representa 15 meses consecutivos en terreno negativo, lo que sugiere una tendencia de pesimismo persistente entre los empresarios. Aunque la caída de una décima puede parecer insignificante, la duración de esta situación es alarmante y refleja un contexto económico complicado.

La teoría económica sugiere que la confianza es un motor crucial para el crecimiento económico. John Maynard Keynes, en su obra, enfatizaba que muchas decisiones de inversión no se basan únicamente en datos fríos, sino en lo que él denominó “espíritus animales”, es decir, la disposición a actuar. En este sentido, la falta de confianza puede llevar a los empresarios a posponer decisiones de inversión, lo que a su vez afecta el crecimiento económico. En el caso de México, el pesimismo se ha vuelto una profecía autocumplida, donde la falta de inversión frena el crecimiento económico.

Al desglosar los datos de la encuesta del INEGI, se observa un contraste interesante. Aunque los directivos no son completamente pesimistas sobre el futuro de sus empresas, con un índice de 55.8 puntos en manufacturas y 51.4 en la situación futura del país, la percepción sobre el momento adecuado para invertir es desalentadora. Los índices de inversión se desploman a 32.4 puntos en manufacturas, 30.2 en comercio, 33.4 en servicios y 26.1 en construcción. Estos números indican que, a pesar de una visión optimista sobre el futuro, los empresarios no están dispuestos a arriesgarse en el presente, lo que refleja una condición estructural del sistema económico mexicano.

La inversión fija bruta ha estado en caída durante 18 meses consecutivos, con una disminución del 3.6% en febrero, impulsada por una caída del 9.1% en la compra de maquinaria y equipo, un indicador clave de la capacidad productiva futura. La inversión privada también ha mostrado una caída del 5.0% anual en el mismo mes. Esta situación no es atribuible a una falta de demanda, sino a una falta de confianza que lleva a los empresarios a adoptar una postura cautelosa. Además, la inversión pública también ha sufrido un golpe, con una caída del 18.4% en el primer cuatrimestre del año, lo que agrava aún más la situación.

El panorama se complica aún más por factores externos e internos que alimentan la incertidumbre, como cambios en las reglas del juego y la percepción de pérdida de independencia del Poder Judicial. La inversión extranjera directa ha alcanzado niveles récord, pero su impacto en la economía nacional es limitado. En resumen, el activo más escaso en la economía mexicana no es el dinero, sino la confianza. Reactivar la inversión privada es crucial y requiere un cambio en la percepción empresarial, donde el año actual se vea como el momento adecuado para invertir y no como un periodo de espera. Este desafío es quizás la tarea económica más urgente que enfrenta el país en este momento.