La revolución de la inteligencia artificial (IA) está transformando la manera en que entendemos la escasez en la economía. Según el economista Alex Imas, la escasez tradicional, que se refiere a la limitación de recursos, está siendo reemplazada por una nueva forma de escasez: la que involucra la necesidad de interacción humana. En este contexto, el año 2026 se perfila como un punto de quiebre, donde los efectos de la IA pasarán de influir en sectores específicos a impactar en la economía en su conjunto. Esto plantea interrogantes sobre qué bienes y servicios serán realmente escasos en un mundo donde la producción puede ser automatizada a bajo costo.

Imas, profesor de economía del comportamiento en Chicago Booth, argumenta que lo que antes se consideraba escaso cambiará de forma. En lugar de centrarse en la disponibilidad de productos, la atención se desplazará hacia aquellos servicios que requieren un toque humano. Este cambio se puede observar en empresas como Starbucks, que ha intentado automatizar su proceso de producción de café. A pesar de contar con la tecnología para hacerlo, la compañía ha revertido parte de esta automatización, reconociendo que la experiencia del cliente y la interacción humana son elementos clave para su éxito. Esto indica que, a pesar de la abundancia material, la autenticidad y la conexión personal seguirán siendo valiosas.

El concepto de una “economía de la confianza” está ganando terreno, donde las decisiones de consumo se basan más en la reputación y la confianza que en la eficiencia del producto. En un mundo donde la IA puede ofrecer servicios de manera impecable, los consumidores tienden a elegir basándose en recomendaciones y credenciales de confianza. Este fenómeno se ha visto reflejado en el aumento de la demanda de empleos en sectores relacionales, como la salud, la educación y la gastronomía, donde la interacción humana es esencial. Por lo tanto, la escasez en el futuro podría estar relacionada con la capacidad de ofrecer experiencias auténticas y significativas.

Sin embargo, este modelo de economía relacional podría no ser aplicable de la misma manera en países en desarrollo, como Argentina, donde la economía se basa en la producción de materias primas para mercados externos. En estos contextos, la automatización podría llevar a una mayor precarización laboral, ya que la dependencia de la exportación de commodities limita las oportunidades de diversificación económica. Esto plantea un desafío significativo para la región, que podría enfrentar un estancamiento si no se adapta a las nuevas realidades del mercado global.

A medida que avanzamos hacia un futuro donde la IA juega un papel central en la economía, es crucial que tanto los consumidores como los inversores comprendan estas dinámicas. La capacidad de las empresas para adaptarse a esta nueva realidad determinará su éxito en un entorno cada vez más competitivo. Los próximos años serán decisivos para observar cómo se desarrollan estas tendencias y cómo afectan a los mercados, especialmente en América Latina, donde la transformación digital aún está en sus etapas iniciales. Es fundamental monitorear la evolución de la automatización y su impacto en el empleo y la economía en general, así como la respuesta de las empresas a estas nuevas demandas del consumidor.