A cuatro meses del inicio del ejercicio fiscal 2026, las finanzas públicas de México muestran señales preocupantes. Aunque no se enfrenta a una crisis inminente, la falta de dinamismo en el crecimiento económico podría agravar los problemas existentes. Un dato que alivia a los mercados es la caída del costo financiero en un 3.4% real, impulsada por la disminución de las tasas de Cetes. Sin embargo, este alivio se ve contrarrestado por un deterioro menos visible: el superávit primario se redujo, aunque se mantuvo, y los ingresos han retrocedido en términos reales.

Entre enero y abril de 2026, el superávit primario del sector público fue de 171.3 mil millones de pesos (mmdp), lo que representa una caída del 41.7% real en comparación con los 282.1 mmdp del mismo periodo del año anterior. Este descenso en el superávit primario se traduce en un deterioro del balance público, que pasó de un déficit de 83.1 mmdp a uno de 217.1 mmdp. El déficit del gobierno federal también se amplió, pasando de 226.2 mmdp a 397.4 mmdp. Esto indica que el ancla que estabiliza la deuda, un déficit primario robusto, se está aflojando en un momento en que se requiere consolidación fiscal.

Un factor clave detrás de esta situación es la caída en los ingresos presupuestarios, que disminuyeron un 2.2% real. Los ingresos petroleros fueron los más afectados, con una caída del 5.9% en total y del 22.4% en la parte que corresponde al gobierno federal a través del Fondo Mexicano del Petróleo. Además, los ingresos tributarios también mostraron un retroceso del 1.6% real, destacando una disminución del Impuesto sobre la Renta (ISR) del 6.2%. Solo el IEPS, con un aumento del 12.7%, y un IVA apenas estable, lograron sostener la cifra total. Este estancamiento en el sistema fiscal representa una grieta en la sostenibilidad a largo plazo.

En cuanto al gasto, aunque el gasto neto aumentó solo un 1.4% real, la composición del crecimiento es preocupante. Los servicios personales crecieron un 11% real y las pensiones un 6.8%, lo que indica que los compromisos rígidos están avanzando sin control. Para equilibrar la caja, se ha sacrificado la inversión, que se redujo en un 18.4% real. Esta estrategia es insostenible, ya que implica recortar lo que podría generar crecimiento futuro para proteger el gasto corriente presente. La situación de Pemex es un ejemplo claro: la empresa logró un superávit financiero de 37.9 mmdp, pero esto se logró reduciendo su inversión física casi a la mitad, lo que podría comprometer su viabilidad operativa a largo plazo.

Mirando hacia el futuro, los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) alcanzaron 178.5 mmdp, casi idénticos a los 181.8 mmdp del año anterior. Aunque esta aparente estabilidad puede ser engañosa, ya que se han realizado movimientos positivos en el Fonadin y se han hecho menores adecuaciones a los registros presupuestarios. La deuda pública bruta alcanzó 19.1 billones de pesos, y el financiamiento externo se adelantó con colocaciones por 14,651 millones de dólares en enero, aprovechando ventanas de mercado favorables. A pesar de que el servicio de la deuda es manejable y el acceso a los mercados es holgado, los retos de mediano plazo persisten. La consolidación ha dependido de la reducción de la inversión y factores no recurrentes, mientras que los gastos rígidos continúan en aumento. Si la economía no se recupera y la plataforma petrolera no se estabiliza, el margen podría estrecharse en la segunda mitad del año, cuando el déficit primario suele erosionarse por la estacionalidad del gasto. Para sostener la deuda, será necesario abrir una conversación sobre una reforma que amplíe la base de ingresos y permita financiar los gastos sin canibalizar la inversión.

En resumen, abril deja una advertencia más que una crisis. Sin embargo, las advertencias, cuando son ignoradas, pueden convertirse en crisis. Los inversores deben estar atentos a la evolución de la economía y a las decisiones fiscales que se tomen en los próximos meses, ya que estas tendrán un impacto directo en la sostenibilidad de las finanzas públicas y, por ende, en el entorno económico general.