El economista Ronald Ian McKinnon ha enfatizado que la secuencia de las reformas estructurales es tan crucial como su contenido. En el contexto argentino, esto se traduce en la necesidad de abrir primero el comercio antes de liberalizar la cuenta financiera. Esta estrategia busca evitar la apreciación del tipo de cambio que podría resultar de la entrada de capitales externos, lo que a su vez podría destruir la competitividad de la economía local antes de que tenga la oportunidad de adaptarse. La situación actual en Argentina es crítica, con una economía que se encuentra al borde de la hiperinflación, lo que hace que la urgencia de implementar reformas efectivas sea aún más apremiante.

La estabilidad monetaria es un prerrequisito fundamental para cualquier reforma estructural sostenible. Sin una moneda confiable, no hay ahorro, y sin ahorro, el crédito se ve severamente limitado. Esto se traduce en una parálisis de la inversión, lo que impide cualquier intento de reconversión productiva o transformación económica. Actualmente, el financiamiento en Argentina depende en gran medida del ahorro interno, especialmente en años no electorales, lo que limita aún más las posibilidades de crecimiento.

En 2023, Argentina llegó a un punto crítico, con una demanda de dinero en colapso y precios dolarizados. Los comportamientos de economía de guerra, como saqueos y mercados informales, son evidencias de la gravedad de la situación. En este contexto, cualquier intento de reforma se ve amenazado, ya que los contratos se disuelven y los marcos regulatorios pierden eficacia. La experiencia histórica muestra que para estabilizar una economía al borde de la hiperinflación y fomentar un crecimiento sostenible, es necesario un cambio de régimen creíble, que incluya reformas monetarias y bancarias profundas.

El Banco Central de Argentina, que aún opera bajo una carta orgánica que prioriza objetivos secundarios sobre la estabilidad, necesita una transformación radical. La independencia del Banco Central, junto con la autonomía de organismos como el Indec y la UIF, es esencial para restaurar la credibilidad en el sistema financiero. Sin embargo, el sistema financiero argentino ha funcionado como un instrumento de financiamiento del Estado en lugar de actuar como intermediario del ahorro privado hacia la inversión productiva. Esta anomalía ha generado una dependencia del financiamiento estatal que puede llevar a crisis bancarias recurrentes, especialmente en años electorales.

La reforma bancaria es imperativa para limitar la exposición de los depósitos de los argentinos a la deuda pública. Esto permitiría que los bancos diversifiquen el crédito hacia empresas y hogares, fomentando así un entorno más propicio para la inversión. Además, la reforma laboral recientemente aprobada, aunque parcial, es un paso importante hacia la generación de empleo, lo que a su vez facilitaría una futura reforma previsional sostenible. Sin embargo, la incertidumbre cambiaria sigue siendo un obstáculo significativo para las pequeñas y medianas empresas (pymes), que son reacias a expandir su personal en un entorno de riesgo político y económico.

En resumen, la secuencia de las reformas es crucial. La efectividad de las privatizaciones, la reforma laboral y la reforma impositiva dependen de una reforma monetaria y bancaria previa. Sin esta base sólida, los esfuerzos por atraer inversiones en sectores estratégicos como Vaca Muerta, litio y agroindustria podrían verse frustrados, ya que cualquier dólar generado podría ser utilizado para la dolarización precautoria de los argentinos en cada ciclo electoral. Por lo tanto, es esencial que se priorice la estabilidad monetaria antes de avanzar en otras reformas estructurales.