Los países miembros de los BRICS han tomado una postura activa en la organización de eventos deportivos internacionales, buscando aumentar su influencia en el escenario global. En los últimos 20 años, Brasil, Rusia, China y Sudáfrica han sido anfitriones de cuatro Juegos Olímpicos y tres Copas del Mundo. Sin embargo, los resultados económicos de estos eventos han sido dispares, lo que plantea interrogantes sobre la efectividad de tales inversiones en infraestructura y desarrollo económico.

China, con los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, se convirtió en un caso emblemático de éxito. A pesar de que los costos iniciales se elevaron de 1,600 millones a 2,000 millones de dólares, el evento fue un catalizador para el crecimiento económico. Las inversiones en infraestructura, como el tren más rápido del mundo y el famoso Estadio Olímpico, no solo mejoraron la imagen internacional de China, sino que también estimularon la economía local, permitiendo a Beijing organizar nuevamente eventos de gran envergadura en 2022.

Por otro lado, Rusia, que organizó los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi 2014 y el Mundial en 2018, también logró beneficios económicos significativos. Con inversiones de 55,000 millones de dólares para los Juegos y 14,000 millones para el Mundial, el gobierno ruso ha afirmado que sin estos eventos, el crecimiento económico hasta 2018 no habría sido posible. Las inversiones en infraestructura, que incluyeron la remodelación de ciudades y la mejora de la conectividad, han permitido que regiones menos desarrolladas del país se beneficien de un aumento en el turismo y la actividad económica.

Sin embargo, el caso de Brasil es notablemente diferente. La Copa del Mundo de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 requirieron una inversión de 11,000 millones de dólares, pero los beneficios económicos fueron mínimos, con un aumento del PIB de solo 0.2% y un impacto inflacionario de 0.5%. Las instalaciones construidas, como el Arena Amazonia en Manaos y el Estadio Nacional de Brasilia, han quedado subutilizadas, lo que ha llevado a cuestionar la viabilidad de tales inversiones en el futuro. Expertos sugieren que esos recursos podrían haberse utilizado de manera más efectiva en proyectos de infraestructura que realmente beneficien a la población.

Sudáfrica, que organizó el Mundial de 2010, también enfrentó pérdidas significativas. La inversión en infraestructura fue de 4,162 millones de dólares, pero los ingresos generados por el turismo fueron solo una fracción de esta cifra. La falta de interés en el fútbol en comparación con otros deportes como el rugby ha llevado a que muchos de los estadios construidos queden vacíos, lo que plantea dudas sobre la rentabilidad de tales eventos. Estos ejemplos destacan la importancia de una planificación cuidadosa y realista al considerar la organización de eventos deportivos de gran escala.

A futuro, es crucial que los países de la región evalúen los costos y beneficios de organizar eventos internacionales. La experiencia de Brasil y Sudáfrica debería servir como advertencia sobre la necesidad de un análisis más profundo antes de comprometer recursos significativos. Con Brasil enfrentando desafíos económicos y sociales, la atención se centra en cómo el país puede aprender de estos errores y priorizar inversiones que realmente impulsen el crecimiento a largo plazo.