La industria textil argentina ha sufrido una drástica caída en los últimos dos años, con la pérdida de 659 empresas y más de 20.700 empleos. Este colapso no es simplemente un efecto de la globalización, sino el resultado de decisiones de política económica que carecieron de una estrategia de reconversión efectiva. En un periodo de 24 meses, las importaciones de ropa crecieron un 185% en volumen, mientras que las compras por courier se dispararon un 274%. Este aumento en las importaciones se ha visto acompañado por una apreciación significativa del tipo de cambio, lo que ha afectado aún más la competitividad de la producción local.

La experiencia de otros países que han enfrentado desafíos similares, como Italia, Corea del Sur y Turquía, muestra que la apertura comercial debe ir acompañada de políticas industriales bien definidas. Italia, por ejemplo, logró migrar su industria textil hacia segmentos de alto valor agregado, apoyándose en financiamiento público y formación laboral. Este proceso tomó casi dos décadas y requirió una coordinación efectiva entre el gobierno y las asociaciones industriales. A pesar de perder participación en volumen, Italia incrementó el valor unitario de sus exportaciones textiles, lo que resultó en un aumento de la productividad y del ingreso medio del sector.

Por su parte, Corea del Sur implementó una política industrial activa en las décadas de 1980 y 1990, que incluyó fondos de reconversión tecnológica y subsidios a la investigación. Esta estrategia ha permitido que Corea del Sur busque elevar su participación en el mercado global de textiles industriales del 3% al 10% para 2030. La clave de su éxito ha sido el gradualismo, donde la apertura comercial se ha sincronizado con la capacidad de absorción tecnológica de las empresas.

Turquía, al liberalizar su comercio en 1980, combinó devaluación del tipo de cambio con un robusto programa de promoción de exportaciones. Esto permitió que, a pesar de la liberalización, las exportaciones textiles turcas se triplicaran entre 2001 y 2010. Este enfoque contrastante con el de Argentina, donde la apertura se realizó en un contexto de apreciación cambiaria real y sin instrumentos compensatorios, ha llevado a una destrucción de capacidades productivas en lugar de una reconversión.

La situación actual de la industria textil en Argentina plantea serias implicancias para los inversores y la economía en general. La falta de un plan estratégico ha resultado en una capacidad instalada que se ha convertido en capital muerto, lo que significa que el país no solo ha perdido empleos, sino que también ha debilitado su base industrial. A futuro, es crucial que se establezcan políticas que no solo busquen abrir el mercado, sino que también promuevan la innovación y la competitividad de la industria local. Sin un cambio en este enfoque, la tendencia de destrucción de empleo y empresas podría continuar, afectando aún más la economía argentina.