Recientemente, se han publicado cifras alarmantes sobre la tasa de fertilidad en Estados Unidos, que podría caer a un récord histórico de 1.57 en 2025, por debajo de la proyección anterior de 1.62 realizada por la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO). Este descenso es significativo, ya que la tasa de reemplazo necesaria para mantener una población estable es de 2.1 hijos por mujer. Desde la Gran Recesión de 2008, Estados Unidos no ha alcanzado esta tasa, lo que plantea serias preocupaciones sobre el futuro demográfico y social del país.

La población estadounidense está envejeciendo rápidamente. En el año 2000, había aproximadamente 24 personas mayores de 65 años por cada 100 adultos en edad laboral. Se estima que para mediados de este siglo, esta cifra aumentará a 43, lo que significa que una proporción cada vez menor de trabajadores deberá sostener a una población creciente de jubilados. Este cambio demográfico no solo afecta la estructura social, sino que también tiene implicaciones económicas, ya que los impuestos recaudados de una base de trabajadores cada vez más reducida deberán financiar programas como Medicare y la Seguridad Social, lo que aumentará los déficits y la deuda pública.

Las proyecciones de la CBO indican que el gasto en derechos de ancianidad podría crecer del 6% del PIB a un 12.7% para 2055, lo que representa un desafío significativo para las finanzas públicas. Además, se prevé que el déficit fiscal, excluyendo los intereses de la deuda, alcanzará aproximadamente el 2% del PIB en la década de 2040. Este escenario se complica aún más al considerar que la fertilidad está disminuyendo a nivel global, con dos tercios de la población mundial viviendo en países donde la tasa de fertilidad se encuentra por debajo del nivel de reemplazo.

El aumento de la deuda pública mundial, que se acercará al 94% del PIB global en 2025 y alcanzará el 100% para 2029, es un reflejo de esta crisis demográfica. En países como China, donde las políticas de un solo hijo han llevado a una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo, se prevé que el envejecimiento ralentice el crecimiento del PIB anual en casi dos puntos porcentuales entre 2024 y 2050. Esto también se traduce en un aumento del gasto en pensiones, que podría incrementarse en casi un 10% del PIB.

Para los inversores, esta situación plantea un riesgo considerable. La disminución de la población activa y el aumento de la carga fiscal sobre los trabajadores pueden llevar a un estancamiento económico, afectando la rentabilidad de las empresas y la capacidad de los gobiernos para invertir en infraestructura y servicios públicos. Además, la presión sobre los sistemas de pensiones podría resultar en recortes en el gasto público, lo que afectaría a sectores como la salud y el bienestar social. Las políticas que busquen incentivar la natalidad, como las propuestas del gobierno de Trump, podrían no ser suficientes para revertir esta tendencia a corto plazo, ya que se necesitarían al menos 20 años para que los nuevos nacimientos comiencen a contribuir económicamente.

A medida que avanzamos hacia el futuro, es crucial monitorear cómo los avances en inteligencia artificial (IA) podrían influir en la productividad y el crecimiento económico. Si la IA puede generar un aumento significativo en la productividad, podría ayudar a mitigar algunos de los efectos negativos del envejecimiento poblacional. Sin embargo, la distribución de los beneficios económicos de esta tecnología sigue siendo incierta, y la resistencia de los oligopolios tecnológicos a compartir estos beneficios podría complicar aún más la situación. En resumen, la crisis demográfica que enfrenta Estados Unidos y otras naciones desarrolladas es un fenómeno complejo que requerirá soluciones innovadoras y un enfoque proactivo para evitar un colapso social y económico en el futuro.