El mercado energético global enfrenta una crisis sin precedentes, caracterizada por una notable destrucción de la demanda de petróleo. La Agencia Internacional de Energía (AIE) ha ajustado sus proyecciones y estima que el consumo podría contraerse en 80.000 barriles diarios este año. Este ajuste se produce en un contexto de altos precios de los refinados y una escasez de barriles, lo que ha llevado a una contracción del consumo ante el mayor choque de oferta de la historia.

La situación actual está marcada por el conflicto en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, lo que ha generado una caída significativa en las existencias de crudo. En marzo, se registró una disminución de 205 millones de barriles en las reservas fuera del golfo Pérsico, lo que indica que tanto la industria como los hogares se verán obligados a enfrentar un mercado donde el precio del crudo físico ha alcanzado los 150 dólares por barril. Este agotamiento de inventarios ha expuesto la gravedad del choque, que hasta ahora había sido mitigado por el uso de reservas.

Además, la crisis de suministro ha llevado a los gobiernos a recomendar medidas de ahorro y teletrabajo, como ha planteado Bruselas recientemente. La falta de productos derivados, especialmente el queroseno, ha alimentado el miedo a una escasez, lo que ha llevado a una reacción en cadena en el mercado. Mientras Europa pierde capacidad de refinado, Oriente Medio, que había incrementado su capacidad con megarrefinerías, se enfrenta a un estrangulamiento en su capacidad de abastecimiento debido al conflicto en la región.

La desconexión entre el precio del crudo y el de sus derivados también está afectando la demanda. Los márgenes de refinación se han ampliado, impulsados por el aumento de precios de productos como el GLP y el combustible para aviación, que han superado el incremento del barril. Esto ha llevado a productores petroquímicos en regiones como Asia a recortar sus tasas operativas, lo que podría tener un efecto dominó en toda la cadena industrial.

La incertidumbre en el mercado energético es palpable, ya que tanto empresas como consumidores están retrasando decisiones de compra ante la falta de certezas. Esta dinámica puede amplificar el impacto de los precios sobre la actividad económica, lo que podría llevar a un ajuste estructural en el uso de combustibles fósiles, a favor de alternativas más competitivas como las energías renovables. Aunque la situación actual recuerda a la destrucción de demanda de 2020, las causas son diferentes, ya que ahora se trata de una escasez física real, con más de 13 millones de barriles diarios fuera del mercado. La recuperación del suministro, incluso si el conflicto se resuelve, no será inmediata debido a la destrucción de infraestructuras y la complejidad logística del sistema energético.

En el caso de España, la flexibilidad del sistema de refinación, resultado de inversiones pasadas, permite mitigar parcialmente la dependencia de Oriente Medio. Sin embargo, los analistas advierten que es prematuro determinar la duración de este ajuste en la demanda. A pesar de la presión actual, algunos economistas sugieren que la situación no representa una emergencia extrema, ya que los precios se encuentran en niveles similares a los de hace cinco años, lo que indica que el mercado está respondiendo de manera moderada a la incertidumbre actual. A medida que el panorama geopolítico evoluciona, será crucial observar cómo se ajustan las dinámicas de oferta y demanda en el sector energético, especialmente en un contexto donde el golfo Pérsico ha perdido parte de su importancia estratégica frente a nuevos productores de energía en el mundo.