El cierre del estrecho de Hormuz ha generado un nuevo choque en los mercados de commodities, planteando la pregunta de si el efecto predominante será más inflación o más estancamiento económico. En las primeras etapas, es probable que experimentemos ambos fenómenos. La magnitud y persistencia de estos efectos dependerán de las condiciones fiscales preexistentes, la credibilidad monetaria y de cómo los gobiernos decidan distribuir los costos entre consumidores, contribuyentes y tenedores de activos.

La interrupción de los flujos de petróleo y gas rápidamente afecta a combustibles refinados, petroquímicos, fertilizantes, metales industriales y otros insumos tecnológicos. Esta menor disponibilidad de materias primas compromete las cadenas productivas, encarece los bienes intermedios y eleva los costos agrícolas e industriales. Así, un choque de commodities no es solo un evento sectorial aislado, sino que se convierte en una disrupción sistémica con impactos que se extienden a diferentes etapas de la cadena de valor.

La pandemia de COVID-19 ofrece un precedente relevante para entender esta dinámica. Los cuellos de botella inicialmente localizados comenzaron a interactuar de manera no lineal, prolongando el ciclo inflacionario más allá de lo previsto. En la actualidad, el desafío es mayor, ya que múltiples sectores productivos se ven afectados simultáneamente, lo que reduce la capacidad de sustitución de insumos y amplía el impacto sobre los precios. Este contexto es especialmente complicado para Brasil, que ya enfrenta desequilibrios fiscales y expectativas de inflación deterioradas.

Históricamente, episodios como este generan presión política para compensar la pérdida de ingresos reales a través de subsidios y transferencias. Durante la pandemia, el soporte fiscal en Estados Unidos superó el 25% del PIB, mientras que en Brasil alcanzó cerca del 9%. Cuanto más prolongada sea la disrupción, mayor será el incentivo político para ampliar estas medidas, aunque el espacio fiscal actual es más restringido que en 2020. Esto puede llevar a un consumo sostenido artificialmente, lo que a su vez podría resultar en una desaceleración menos aguda pero con inflación más persistente.

El Banco Central de Brasil se enfrenta a una difícil decisión: endurecer la política monetaria o tolerar nuevos desvíos de la meta de inflación, lo que podría poner en riesgo su credibilidad. La incertidumbre externa se suma a los desequilibrios fiscales no resueltos, lo que complica aún más la situación. La respuesta fiscal más contenida, combinada con una política monetaria enfocada en controlar los efectos secundarios, podría ser más efectiva para controlar la inflación, aunque a costa de un crecimiento más débil en el corto plazo. En este sentido, la apertura de las tasas de interés a largo plazo refleja el temor de posibles respuestas procíclicas que agraven la trayectoria de la deuda.

A medida que se desarrollan estos eventos, es crucial monitorear la evolución de los precios de las materias primas y las decisiones del Banco Central. La presión inflacionaria y el crecimiento débil podrían llevar a un ajuste fiscal más urgente y costoso, lo que afectaría la capacidad de Brasil para enfrentar futuros choques. El entorno global de inflación persistente y crecimiento más débil hace que el reequilibrio de las cuentas públicas sea no solo urgente, sino también más costoso de posponer, lo que podría resultar en tasas de interés estructuralmente más altas y menor crecimiento potencial en el futuro.