América Latina se encuentra en una encrucijada en su camino hacia la transición energética. A pesar de contar con recursos naturales excepcionales, como una de las mayores radiaciones solares del planeta y corredores eólicos de clase mundial, la región no ha logrado traducir ese potencial en liderazgo efectivo en energías renovables. En 2022, Escocia generó más del 110% de su consumo eléctrico a partir de fuentes renovables, mientras que América Latina apenas alcanza un 60% de generación eléctrica renovable, con México por debajo del 30% si se excluyen categorías debatibles. Esta diferencia no es solo una cuestión de recursos, sino de decisiones estratégicas y políticas claras.

La experiencia de Escocia es un ejemplo a seguir. Con una población de poco más de 5 millones de habitantes, ha logrado no solo cubrir su demanda eléctrica, sino también exportar excedentes gracias a una sólida infraestructura y un marco regulatorio estable. En contraste, América Latina, con más de 650 millones de habitantes, sigue atrapada en una narrativa aspiracional, donde se celebran los recursos naturales pero se postergan las inversiones necesarias en infraestructura y redes eléctricas. La falta de una arquitectura institucional adecuada ha llevado a que países con abundantes recursos enfrentan saturaciones y vulnerabilidades en sus sistemas eléctricos.