En un contexto donde se creía que la globalización había llegado a su fin, el comercio global ha alcanzado un pico histórico de USD 33 billones en 2024, con un crecimiento del 3,7%. Este dato contrasta con las percepciones de crisis provocadas por la pandemia, conflictos geopolíticos y problemas logísticos, que parecían indicar un retroceso en la interconexión económica mundial. Sin embargo, el Foro Económico Mundial (WEF) señala que las cadenas de valor han entrado en una fase de volatilidad estructural, donde las empresas están adaptando sus estrategias para enfrentar riesgos crecientes, lo que sugiere que la globalización no solo sobrevive, sino que se transforma.

Las empresas están cambiando su enfoque, priorizando la resiliencia y la diversificación sobre la mera eficiencia y reducción de costos. Este cambio de paradigma es evidente en la manera en que las compañías están reestructurando sus cadenas de suministro, distribuyendo proveedores entre diferentes regiones en lugar de depender de una única fuente. Este movimiento hacia la regionalización no implica un repliegue, sino una búsqueda activa de alternativas que permitan a las empresas mantener su operatividad ante interrupciones inesperadas. En este sentido, actualmente existen 381 acuerdos comerciales regionales en todo el mundo, lo que refleja un esfuerzo por crear un entorno más colaborativo y menos vulnerable a crisis externas.

La tecnología juega un papel fundamental en esta nueva fase de la globalización. La inteligencia artificial y la digitalización están transformando las cadenas de suministro en redes más dinámicas, capaces de anticipar y adaptarse a interrupciones. La OCDE estima que mejoras en la automatización y la coordinación entre agencias aduaneras podrían aumentar las exportaciones globales en hasta un 18%, lo que resalta el potencial de crecimiento aún no aprovechado. Además, iniciativas como el proyecto Nexus buscan conectar sistemas de pagos instantáneos entre países, lo que podría reducir significativamente los costos y tiempos de las transacciones internacionales.

El reciente conflicto en Oriente Medio ilustra cómo la interdependencia global puede tener efectos sistémicos. Con cerca del 20% del petróleo mundial transitando por el estrecho de Ormuz, cualquier amenaza a esta ruta impacta no solo a los países del Golfo Pérsico, sino que también eleva los costos de producción y presiona la inflación en economías de todo el mundo, incluyendo a naciones en desarrollo. Este fenómeno ha sido advertido por organismos como la FAO y el Financial Times, que han señalado que la crisis afecta incluso a economías desarrolladas, lo que pone de manifiesto la fragilidad de las cadenas de suministro actuales y la necesidad de adaptarse a un entorno cambiante.

De cara al futuro, es crucial observar cómo las empresas y los países implementan políticas de relocalización productiva y cómo estas decisiones impactan el comercio global. La OCDE ha advertido que un reshoring masivo podría reducir el comercio mundial en más de un 18% y el PBI global en más de un 5%, lo que sugiere que la búsqueda de autonomía tiene sus límites. La confianza entre países y empresas será un factor determinante en la capacidad de mantener acuerdos y coordinar acciones en un entorno cada vez más complejo. La resiliencia, la diversificación y la adaptación se perfilan como las claves para navegar en esta nueva era de la globalización, donde la capacidad de respuesta ante crisis será fundamental para el éxito económico.