La reciente escalada del conflicto en Irán ha llevado a una situación crítica en el estrecho de Ormuz, donde se ha bloqueado el tránsito de petróleo y gas. Este estrecho es vital, ya que por él transita aproximadamente una quinta parte del crudo y gas consumidos globalmente. Con el precio del petróleo alcanzando los 110 dólares por barril, los países más dependientes de estos combustibles, especialmente los más pobres de Asia, enfrentan serias dificultades. Analistas advierten que si el precio del petróleo llegara a 200 dólares, se podría desencadenar una recesión mundial.

En países como Bangladés y Pakistán, el impacto ya es palpable. El gobierno bangladesí ha impuesto restricciones en el consumo de energía, cerrando universidades y utilizando al ejército para escoltar el transporte de gasóleo. En Pakistán, se han implementado medidas similares, mientras que Filipinas ha reducido la jornada laboral de los funcionarios y limita el uso del aire acondicionado en edificios públicos. La situación es tan grave que algunos analistas sugieren que podría haber episodios de violencia debido al pánico entre los consumidores.

La dependencia de los combustibles fósiles en estos países es alarmante. Según el Banco Mundial, en muchos de estos emergentes asiáticos, más del 60% del consumo energético proviene de petróleo, gas o carbón. En el caso de Bangladés, esta cifra supera el 90%. Esto significa que cualquier interrupción en el suministro de energía tiene un efecto dominó en la economía, exacerbando la desigualdad y la inestabilidad política, que ya se ven afectadas por las movilizaciones sociales del año pasado.

La situación no solo afecta a Asia. En Europa, aunque el aumento de precios ha sido significativo, se ha moderado en los últimos días, alcanzando un incremento del 60%. Sin embargo, los países desarrollados, que mantienen reservas estratégicas de petróleo, están mejor preparados para enfrentar esta crisis. Por ejemplo, España tiene reservas para más de 100 días, mientras que Dinamarca y Países Bajos superan los 300 y 500 días, respectivamente. En contraste, países como India y Filipinas apenas pueden sostenerse durante 60 días ante un recorte de suministro.

El conflicto en el Golfo también ha tenido un impacto en el sector de fertilizantes, ya que casi un tercio del abono consumido mundialmente pasa por el estrecho de Ormuz. Desde el inicio del conflicto, el precio de la urea, el fertilizante más utilizado, ha aumentado un 45% en Egipto. Esto afecta no solo a la agricultura en Asia, sino también en países como Sudán, donde el aumento de costos de energía y fertilizantes podría agravar la crisis alimentaria. La presión sobre el costo de vida se intensifica, especialmente para los más vulnerables, lo que podría llevar a un aumento en la inestabilidad social.

A futuro, es crucial monitorear la evolución del conflicto en Irán y el impacto en los precios del petróleo. La posibilidad de que el petróleo alcance los 200 dólares por barril podría tener repercusiones globales, incluyendo en el mercado argentino. Además, la respuesta de los gobiernos en Asia y su capacidad para manejar la crisis energética será determinante para evitar un colapso económico. Los próximos meses serán críticos para observar cómo se desarrollan las tensiones en el Golfo y su efecto en los mercados internacionales.