La reciente operación militar de Estados Unidos e Israel contra Irán ha llevado al régimen de los ayatolás a cerrar el estrecho de Ormuz, un paso crucial para el tránsito de petróleo. Este estrecho es responsable del 14% de la producción mundial de crudo, lo que ha provocado una drástica reducción en el tránsito comercial y ha tomado por sorpresa a los mercados petroleros globales.

A medida que el cierre se prolonga, la capacidad de los campos productores de Irak y Kuwait se ve comprometida, lo que genera una creciente preocupación por la oferta global. La situación se agrava con la posibilidad de que el precio del Brent alcance los 150 dólares por barril si la disrupción persiste, lo que podría tener un impacto significativo en la inflación y en los costos de los combustibles a nivel mundial.

Los gobiernos están limitados en sus opciones para mitigar esta crisis, con medidas como la liberación de reservas estratégicas y la búsqueda de proveedores alternativos. Sin embargo, estas acciones no son suficientes para cubrir el faltante actual, que es considerablemente mayor que el que se experimentó durante la invasión rusa a Ucrania.

La fragmentación del mercado de combustibles refinados, impulsada por restricciones en las exportaciones, está creando un nuevo escenario de incertidumbre. México, por ejemplo, se beneficia de los altos precios del crudo, pero su dependencia de las importaciones de gasolina y diésel de Estados Unidos lo deja vulnerable ante posibles restricciones en el suministro, lo que podría afectar su economía y su presupuesto fiscal.