La economía mundial se enfrenta a un escenario de estanflación, caracterizado por un bajo crecimiento y una elevada inflación, en gran parte impulsado por las tensiones geopolíticas, como el conflicto entre Estados Unidos e Irán. En este contexto, las proyecciones para España indican un crecimiento del PIB de apenas 2% para este año, mientras que la inflación, medida a través del IPC, se sitúa en un 3%. Esto se traduce en una pérdida de poder adquisitivo para las familias, que deberán ajustar sus gastos a pesar de las medidas compensatorias implementadas por el Gobierno, las cuales, según la Airef, benefician principalmente a las rentas más altas.

A pesar de este panorama sombrío, hay un rayo de esperanza: la productividad en España ha mostrado un repunte significativo desde la pandemia, superando el crecimiento de otros países europeos. Desde 1996, la productividad por hora trabajada ha crecido a una tasa anual del 0,6%, en comparación con el 1,1% de la media de la UE-27. Este cambio es notable, ya que históricamente, España había luchado con una productividad inferior a la media europea. Este aumento en la productividad es crucial, ya que está vinculado directamente al crecimiento económico y a la mejora de los salarios.

El informe del Consejo de la Productividad de España, creado en 2024, destaca que la productividad ha crecido más que la media europea, coincidiendo con un periodo de fuerte creación de empleo. Este fenómeno es inusual, ya que en el pasado, el crecimiento de la productividad en España se había observado principalmente en momentos de crisis económica y aumento del desempleo. Sin embargo, desde 2018, el crecimiento acumulado de la remuneración por hora trabajada ha superado al de la productividad, aunque esto no se refleja en términos reales debido a la alta inflación.

Entre los factores que han contribuido a este aumento en la productividad se encuentran el crecimiento del tamaño medio de las empresas y un aumento en las inversiones en investigación y desarrollo (I+D). Entre 2019 y 2025, el número de grandes empresas ha aumentado un 24%, y estas representan el 70% del empleo creado. Además, las inversiones en I+D han alcanzado el 1,5% del PIB, aunque aún están por debajo de los objetivos establecidos. Este aumento en la innovación y la digitalización de los servicios no turísticos ha generado un impacto positivo en la economía, superando incluso los ingresos del turismo.

Sin embargo, existen obstáculos que deben ser abordados para mantener este impulso en la productividad. La burocracia excesiva y los trámites administrativos complicados son dos de los principales desafíos que enfrentan las empresas. Además, el sistema de financiación de la innovación empresarial necesita mejoras significativas para fomentar verdaderamente la innovación en lugar de centrarse únicamente en el costo más bajo. Si no se abordan estos problemas, España podría perder terreno frente a sus socios occidentales y convertirse en un punto de entrada para la influencia china en Europa, lo que sería un error estratégico significativo.

Mirando hacia el futuro, es crucial que España continúe trabajando en la mejora de su productividad, especialmente en un entorno macroeconómico incierto. Los próximos años serán decisivos para determinar si el crecimiento en productividad puede sostenerse y traducirse en una mejora real en la calidad de vida de los ciudadanos. Los inversores deben estar atentos a las políticas que se implementen para fomentar la innovación y la competitividad, así como a la evolución de las tensiones geopolíticas que podrían afectar el crecimiento económico global.