La reciente escalada de tensiones en el Medio Oriente, tras el anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre un cese al fuego en el conflicto con Irán, ha generado incertidumbre en el sector agrícola brasileño. A pesar de que el cese al fuego podría parecer un alivio temporal, la dependencia de Brasil de los fertilizantes importados, especialmente de ureia, un compuesto esencial para la agricultura, plantea serias preocupaciones. Actualmente, Brasil depende en más del 90% de sus fertilizantes del extranjero, lo que lo convierte en un blanco vulnerable ante cualquier inestabilidad en la región.

El agronegocio brasileño representa aproximadamente el 30% del PIB del país, y la falta de fertilizantes podría tener un efecto dominó en la producción de alimentos. La ureia, que se utiliza para el cultivo de productos clave como el maíz y la soja, ha visto un aumento significativo en su precio, que ha pasado de aproximadamente 350 USD a 550 USD por tonelada en poco tiempo. Esta alza no solo afecta a los productores, sino que también podría traducirse en un aumento en los precios de los alimentos en los supermercados brasileños, lo que impactaría directamente en la inflación.

La situación se complica aún más considerando que Brasil es el mayor importador mundial de fertilizantes y, al mismo tiempo, uno de los principales exportadores de alimentos. La dependencia de Brasil de proveedores externos, como Irán y Rusia, ha sido evidente en los últimos años. Aunque Rusia ha redirigido sus exportaciones hacia mercados emergentes debido a las sanciones, el Irán se ha convertido en un socio estratégico para la ureia, con importaciones que alcanzaron los 72 millones de dólares en 2025. Este vínculo se ha fortalecido a través de un sistema de intercambio que permite a Brasil exportar productos agrícolas a cambio de fertilizantes.

Con la guerra en Ucrania y la inestabilidad en el estrecho de Ormuz, la logística de importación de fertilizantes se ha vuelto más compleja. Los productores brasileños ya enfrentan un escenario complicado, con altos costos de producción y un acceso limitado a crédito. La reciente reforma tributaria que incrementó los impuestos sobre fertilizantes y semillas ha exacerbado la situación, lo que podría llevar a los agricultores a reducir el uso de tecnología y, por ende, a una menor productividad.

A futuro, la perspectiva es preocupante. Si el conflicto con Irán se intensifica, Brasil podría verse obligado a competir por fertilizantes en un mercado global ya tenso, lo que elevaría aún más los precios. Aunque el gobierno brasileño ha iniciado negociaciones con Turquía para facilitar el tránsito de fertilizantes, la dependencia histórica de Brasil de las importaciones plantea un desafío a largo plazo. La implementación del Plan Nacional de Fertilizantes, que busca reducir esta dependencia, será crucial, pero requiere un compromiso político real para revertir décadas de decisiones que han favorecido la importación sobre la producción local.